VIVIR LA
ESCATOLOGÍA DESDE UN COMPROMISO
VITAL CON EL PRÓJIMO
“Cuando
el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces
se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las
naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las
ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su
izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: "Vengan, benditos de
mi Padre, reciban la herencia del Reino preparado para ustedes desde la
creación del mundo. Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron
de beber; era forastero, y me acogieron; estaba desnudo, y me vistieron;
enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y vinieron a verme…" Mt, 25
Para
abordar el tema de la escatología y su papel en la vida del creyente tenemos
que comenzar por entender el término en sí:
Escatología
viene de dos raíces griegas: Escatos = Últimos y Logia
= estudio Así el estudio de lo que sucederá en el tiempo final y que
lleva culmen el plan de Dios para la creación. La Escatología estudia los
eventos futuros que ocurrirán al final de la historia humana según los presenta
la sagrada escritura, a saber: Los novísimos o postrimerías (Muerte, juicio,
cielo, infierno), la Segunda venida del Señor, la resurrección de los muertos,
el juicio final, las bodas del cordero y el regreso de toda la creación en las
manos del Padre.
Esta
esperanza de triunfo de Dios sobre el mal ya se mostraba en el antiguo
testamento, primero como símbolo en la búsqueda del establecimiento del pueblo
de Israel en la tierra prometida, y poco a poco, por medio de la revelación en
los profetas el tema se fue consolidando en forma de esperanza humana de
redención; y que termina con la noción de resurrección y nueva creación,
que no se encontraba en los comienzos.
La idea de
mesías que aparecerá con los escritos de Isaías y otros profetas, un mesías
redentor que brinda la esperanza de la vida después de la muerte y la
implantación del reino de Dios va a derivar en el Nuevo testamento con la
venida del Cristo.
Jesús se
presenta como el verbo de Dios que con su encarnación comienza a preparar el
tiempo final; “Y la Palabra de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros …y
a quienes le reconocieron les dio poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn
1, 12.14), y la forma de hacerlo posible
es la instauración del Reino de Dios que tiene que hacerse realidad desde ya,
pero que tendrá su culmen al final de los tiempos; es decir ya, pero todavía
no. El Reino que está “al alcance de la mano” (Mc 1,14) pero que hay
que prepararse para ser parte de él. “Bienaventurados los humildes de
corazón porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt5,2).
¿Pero como
se hace el creyente digno de ese reino de Dios y de el triunfo final sobre la
muerte en la Parusía?
La
respuesta esta precisamente en esas palabras del evangelio de san mateo que
encabezan este artículo, “El reino de Dios esta a la mano” (Mt 4, 17) pero
es necesario estirarla para poseerlo es decir no es una imposición pasiva que
viene de Dios y que no nos implica, Dios no salva a la humanidad sino por medio
de la misma humanidad y por tanto, necesariamente, nos invita y obliga a
realizar con nuestras actuaciones concretas ese reino prometido. Tuve hambre
y me dieron de comer, no son palabras que aparecen y que no tienen ninguna
implicación fundamental en la salvación de la persona: son palabras implicantes,
llenas de fuerza y compromiso. Vengan a mi benditos de mi padre reciban el Reino
preparado para los que son fieles” (Mt 25,4)
Porque el
verdadero cristianismo no consiste en rezos y posturas piadosas solamente, sino
como dice Benedicto XVI “(El Cristiano) no puede no estar atento a las
situaciones indignas del hombre, y sabe inclinarse al necesitado, partir el pan
con el hambriento, el agua con el sediento…” (Benedicto XVI septiembre 11,
2011). Por tanto, es en el cumplimiento de las llamadas obras de misericordia, en
donde se basa, según Mateo, el juicio final.
Un aspecto
importante de este compromiso para el juicio es el ejercicio de la verdadera
caridad, que según este pasaje no tiene que nacer de una abierta intención de “ganar
el Cielo con lo que hago”, sino por el contrario la verdadera caridad se enfoca
en el necesitado y no en el resultado final de salvación personal: “… ¿Y cuándo
te vimos hambriento y te dimos de comer?” (Mt 25 38) Dicho de otra manera,
no se hace caridad ni se ama al otro porque así me salvo yo, sino que la acción
de amor se hace porque el otro necesita mi amor mi servicio mi acción de
caridad. Es una acción impulsada por la necesidad del prójimo y mi amor por el
otro como tal y no por la presencia de Cristo en el otro. es decir la verdadera
caridad que conduce al Reino de los cielos está en la acción del cristiano que
se llena de Cristo para llevarlo al prójimo, y no en la búsqueda del prójimo
para encontrar allí a Cristo. Esto mismo se puede decir de los que son
rechazados: “¿Cuándo te vimos necesitado y NO te asistimos?” (Mt 25 41).
Cuando el
estilo de vida del cristiano va acorde con las bienaventuranzas, necesariamente
el juicio final se convierte en un triunfo personal y en un triunfo de la
humanidad, que es el triunfo del amor y por tanto el triunfo de Cristo, en una
especie de “Cristificación del Universo” o proceso de “amorización” en
el Cristo cósmico de Teilhard de Chardin. (El Medio Divino 1926).
La
conciencia vital del creyente de su inmersión en el proceso de Amor de el Cristo
Reinante que le haga partícipe del Reino de los Cielos, implica una forma de
vida totalmente volcada a la realización de cada una de las bienaventuranzas
como medios de implantación este Reino de Dios desde la tierra, y la aceptación
incluso de la persecución como consecuencia inherente a su opción por el Reino.
“Benditos sean ustedes cuando los persigan y los calumnien y digan todo tipo
de acusaciones falsas por mi nombre… grande será en los cielos su recompensa” Mt
5, 12 Sólo así en la Parusía, el juicio
final y la presencia en las bodas del cordero, es decir “el Cielo nuevo y la
tierra nueva” prometida desde Isaías (65,17) se hará realidad para el
cristiano.
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