sábado, 9 de noviembre de 2019


VIVIR LA ESCATOLOGÍA DESDE UN COMPROMISO

 VITAL CON EL PRÓJIMO

“Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: "Vengan, benditos de mi Padre, reciban la herencia del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era forastero, y me acogieron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y vinieron a verme…" Mt, 25

Para abordar el tema de la escatología y su papel en la vida del creyente tenemos que comenzar por entender el término en sí:

Escatología viene de dos raíces griegas: Escatos = Últimos y Logia = estudio Así el estudio de lo que sucederá en el tiempo final y que lleva culmen el plan de Dios para la creación. La Escatología estudia los eventos futuros que ocurrirán al final de la historia humana según los presenta la sagrada escritura, a saber: Los novísimos o postrimerías (Muerte, juicio, cielo, infierno), la Segunda venida del Señor, la resurrección de los muertos, el juicio final, las bodas del cordero y el regreso de toda la creación en las manos del Padre.

Esta esperanza de triunfo de Dios sobre el mal ya se mostraba en el antiguo testamento, primero como símbolo en la búsqueda del establecimiento del pueblo de Israel en la tierra prometida, y poco a poco, por medio de la revelación en los profetas el tema se fue consolidando en forma de esperanza humana de redención; y que termina con la noción de resurrección y nueva creación, que no se encontraba en los comienzos.

La idea de mesías que aparecerá con los escritos de Isaías y otros profetas, un mesías redentor que brinda la esperanza de la vida después de la muerte y la implantación del reino de Dios va a derivar en el Nuevo testamento con la venida del Cristo.

Jesús se presenta como el verbo de Dios que con su encarnación comienza a preparar el tiempo final; “Y la Palabra de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros …y a quienes le reconocieron les dio poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,  12.14), y la forma de hacerlo posible es la instauración del Reino de Dios que tiene que hacerse realidad desde ya, pero que tendrá su culmen al final de los tiempos; es decir ya, pero todavía no. El Reino que está “al alcance de la mano” (Mc 1,14) pero que hay que prepararse para ser parte de él. “Bienaventurados los humildes de corazón porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt5,2).

¿Pero como se hace el creyente digno de ese reino de Dios y de el triunfo final sobre la muerte en la Parusía?

La respuesta esta precisamente en esas palabras del evangelio de san mateo que encabezan este artículo, “El reino de Dios esta a la mano” (Mt 4, 17) pero es necesario estirarla para poseerlo es decir no es una imposición pasiva que viene de Dios y que no nos implica, Dios no salva a la humanidad sino por medio de la misma humanidad y por tanto, necesariamente, nos invita y obliga a realizar con nuestras actuaciones concretas ese reino prometido. Tuve hambre y me dieron de comer, no son palabras que aparecen y que no tienen ninguna implicación fundamental en la salvación de la persona: son palabras implicantes, llenas de fuerza y compromiso. Vengan a mi benditos de mi padre reciban el Reino preparado para los que son fieles” (Mt 25,4)

Porque el verdadero cristianismo no consiste en rezos y posturas piadosas solamente, sino como dice Benedicto XVI “(El Cristiano) no puede no estar atento a las situaciones indignas del hombre, y sabe inclinarse al necesitado, partir el pan con el hambriento, el agua con el sediento…” (Benedicto XVI septiembre 11, 2011). Por tanto, es en el cumplimiento de las llamadas obras de misericordia, en donde se basa, según Mateo, el juicio final.

Un aspecto importante de este compromiso para el juicio es el ejercicio de la verdadera caridad, que según este pasaje no tiene que nacer de una abierta intención de “ganar el Cielo con lo que hago”, sino por el contrario la verdadera caridad se enfoca en el necesitado y no en el resultado final de salvación personal: “… ¿Y cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer?” (Mt 25 38) Dicho de otra manera, no se hace caridad ni se ama al otro porque así me salvo yo, sino que la acción de amor se hace porque el otro necesita mi amor mi servicio mi acción de caridad. Es una acción impulsada por la necesidad del prójimo y mi amor por el otro como tal y no por la presencia de Cristo en el otro. es decir la verdadera caridad que conduce al Reino de los cielos está en la acción del cristiano que se llena de Cristo para llevarlo al prójimo, y no en la búsqueda del prójimo para encontrar allí a Cristo. Esto mismo se puede decir de los que son rechazados: “¿Cuándo te vimos necesitado y NO te asistimos?”  (Mt 25 41).

Cuando el estilo de vida del cristiano va acorde con las bienaventuranzas, necesariamente el juicio final se convierte en un triunfo personal y en un triunfo de la humanidad, que es el triunfo del amor y por tanto el triunfo de Cristo, en una especie de “Cristificación del Universo” o proceso de “amorización” en el Cristo cósmico de Teilhard de Chardin. (El Medio Divino 1926).



La conciencia vital del creyente de su inmersión en el proceso de Amor de el Cristo Reinante que le haga partícipe del Reino de los Cielos, implica una forma de vida totalmente volcada a la realización de cada una de las bienaventuranzas como medios de implantación este Reino de Dios desde la tierra, y la aceptación incluso de la persecución como consecuencia inherente a su opción por el Reino. “Benditos sean ustedes cuando los persigan y los calumnien y digan todo tipo de acusaciones falsas por mi nombre… grande será en los cielos su recompensa” Mt 5, 12   Sólo así en la Parusía, el juicio final y la presencia en las bodas del cordero, es decir “el Cielo nuevo y la tierra nueva” prometida desde Isaías (65,17) se hará realidad para el cristiano.

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